Diseño por fuera, picaresca por dentro

En el libro “Con los perdedores del mejor de los mundos”,   Günther Wallraff  llevó a cabo un brillante trabajo de periodismo de investigación. Sacó a relucir la experiencia que tuvo mientras trabajaba en una fábrica de panecillos alemana,  proveedora de una importante multinacional. Descubrió una realidad muy alejada de los mensajes que transmitía su publicidad.

La picaresca en algunos pack es tan evidente que voy a escribir sobre algunos muy cercanos. Y con ello me limito a recoger la forma de pensar de muchos consumidores que me  han transmitido su malestar. Cuando realicen la compra en el supermercado y adquieran galletas rellenas, fíjense en los envases. La mayoría de ellos incorporan una ilustración o una excelente fotografía que muestra el producto  con una generosa cantidad de chocolate, nata u otro sabor que parece desbordarse. La cuestión es que, una vez que lo abres, te das cuenta de que la masa que incorpora ni mucho menos llega hasta los extremos de las galletas. Está retirada unos cuantos milímetros del límite. Y el grosor para nada tiene que ver con el que se muestra en el exterior. Lo asumimos como algo normal.

Bien. Yo entiendo que cuando adquieres un producto estás estableciendo una relación contractual entre el comprador y el vendedor, sea cual sea el importe. El fabricante me ofrece un envase a cuyo contenido no puedo acceder. Pero, por fuera, a través de la imagen, me muestra cómo es el producto que  voy a encontrar en el interior. Pues no. No se corresponde una cosa con la otra. Lo que hay en el interior no tiene nada que ver con la imagen del exterior.  Y a eso se le llama confundir. “¡Total, son unas galletas!”, pensará más de uno. ¿Y qué? Yo como ciudadano y  consumidor me siento engañado. Una responsabilidad del fabricante, si decide reducir la cantidad de producto, no de los publicitarios que ejecutan el proyecto del envase siguiendo una directriz determinada. Y de una legislación con muchas lagunas al respecto. No sé qué sucederá en otros países, sería interesante conocerlo. Me consta que a este blog se accede  desde diferentes países de Sudamérica.

Lo curioso es que otras marcas, junto a la fotografía o la ilustración de su producto, suelen incorporar la leyenda: “sugerencia de presentación”. Se hace cuando incluyen otros elementos  que contribuyen a la decoración, bien sean tazas, un pequeño mantel, frutos secos, etc. Es decir, le dejan claro al consumidor y por escrito que algunos elementos que aparecen en la imagen no forman parte del contenido. Y eso sí que me parece más serio. Pero con las galletas no sucede así. Es la realidad que asumimos los consumidores, hasta que alguien le ponga remedio.

Fuente:  Con los perdedores del mejor de los mundos. Günther Wallraff. Editorial  Anagrama

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10 responses to this post.

  1. Posted by Carolina Rodríguez on junio 13, 2012 at 4:10 pm

    Muy acertado. Creo que se trata de un tema que todos hemos pensado cuando abrimos unas galletas que tienen una magnífica presentación en el envase y que cuando lo abrimos, vemos, una vez más, cómo la realidad supera la ficción.
    Gracias por su elocuencia.
    Sólo cambie para mejorar.
    Tremolina

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    • Gracias por el comentario. Las galletas forman parte de una triste realidad, donde los envases, con su atractivo, prometen más allá de lo que ofrecen. Lo lamentable es que otros fabricantes de productos de alimentación tienen similares comportamientos. Y, lógicamente, va en perjuicio del consumidor y del profesional de la publicidad, por su aparente “complicidad”.

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  2. Posted by MONICA on junio 15, 2012 at 8:08 am

    Me parece que ninguna de las personas que ha contestado a este artículo se ha centrado en el fondo del problema, han surfeado por la superficie, pero no han buceado en él.
    El simple hecho de reconocer que siempre ocurre lo que en la imagen de las galletas se refleja, es un fraude, con mayúsculas, para el consumidor y debería estar penado por ley.
    Ese es el fondo de la cuestión, no nos quedemos en algo tan banal, seamos más exigentes a la hora de comprar y que no nos den gato por liebre.
    Si voy al supermercado a comprar salmón y decido que no quiero vieja, sinó salmón, también decido que de antemano estoy condenado a pagar el doble ó el triple del precio de la vieja, y lo asumo, porque lo decido yo… lo que no asumo, es que el salmón me lo vendan a precio de fresco, habiendo sido previamente congelado, o refrigerado antes de llegar a mi cocina. ¿Que cómo me percato? Muy fácil… primero, el ojo brillante y reluciente delata a cualquier pescado fresco, su piel tersa, su consistencia firme y no blanda… muchas cosas que si no se saben, se aprenden… pero, lo mejor, su sabor, una vez cocinado.
    Por mucho que nos vendan la moto, y especialmente en las islas, en donde la frescura de los productos es dudosa, debido a que todo se consume prácticamente congelado, y en muchos casos, la demanda de productos frescos, dado el alto precio que hay que pagar, es menor que la oferta de los mismos, siendo difícil sacarlos en el mismo día, y quedando ahí para simiente de rábanos durante varios días… como ocurre en la mayoría de las pescaderías en especial de los supermercados y grandes superficies, todos lo hemos comprobado, nada sabe como recién pescado. Y el pescado en especial, tiene un sabor inconfundible, sea de la variedad que sea, especialmente si es fresco, si no ha viajado en Iberia ni congelado desde Nueva Zelanda, que lo miras en el mapa y asusta ver la de kms que ha recorrido el pobre pescado lleno de hielo hasta tu casa… a qué puede saber algo así?? pues ahí está el tema, a nada! por eso, nos equivocamos a la hora de pensar que por muy bello que sea el envase, aceptamos que el contenido no valga nada, aunque tenga un precio!
    Bien sean galletas, magdalenas, pan, pescado o leche, si el producto atiende ó no a lo que se pretende hacernos creer a ciegas (porque no lo vemos ni lo probamos), sino que hemos de fiarnos de la explicación del envase, sea bolsa de plástico, caja, paquete ó lo que sea…. depende una vez más de nuestra exigencia e información, porque todo, absolutamente todo, es denunciable, y para ello existe una OCU- organización de consumidores y usuarios, o sea, nosotros. Ellos están para tramitar todo lo que tengan a bien recibir del tipo que sea, la denuncia que sea… y darle forma, que prospere, que sirva para algo.
    ¿Qué ocurre? que nos acomodamos, compramos algo que damos por hecho que no cumple con el envase, pero es como si se tratase de un pacto de silencio con nosotros mismos y nuestro orgullo, ya que sin más lo aceptamos… ahí fallamos, lo hemos venido haciendo desde hace tanto tiempo, que hasta lo gestionamos bien, sin necesidad de darle más vueltas.
    Os sorprendería saber cuánto demandan los europeos a empresas que no cumplen los contratos, bien sea en alimentación, o en lo que sea.
    Cuando vas a alquilar un apartamento de cara al resto de Europa, especificas lo que incluye el mobiliario interno, por ejemplo; son capaces de hacerte ver, si no cumple con creces con el modelo que anuncias en una foto, por ej, hasta el hecho de que un objeto decorativo que aparecía en ella, no está físicamente, o de contar si realmente los metros que dices que lo separan del mar son en realidad esos, o son más… para intentar que al menos se lo rebajes, simplemente si no cumple con sus expectativas…
    sí, parece absurdo, pero funcionan así; el caso, es que funcionan!

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    • Gracias, Mónica. No puedo añadir nada más a tu comentario. Creo que tienes toda la razón. Y lo curioso es que tu punto de vista se corresponde con la forma de pensar de muchas personas, pero tú lo has dejado por escrito. Y eso no es lo habitual.

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  3. Posted by Andrea on junio 16, 2012 at 3:06 pm

    ¿Es la agencia o el anunciante?. Lo cierto es que la fotografía publicitaria relativa a productos alimenticios no suele corresponder con la realidad. Obervamos la ensalada ,que por su frescura nos, atrae con vegetales que no soportarían las temperaturas de los focos. Ese queso chicle que une la porción de pizza con el resto de crujiente masa que seguramente será de plastilina, ¿ Y esas hamburguesas ? de cualquiera de las multinacionales del ramo, que ni exterior ni interiormente ofrecen lo que ofertan desde la brillantez del vinilo. Es una mera ilusión óptica que potencia nuestros sentidos y nos decanta, por una marca u otra, más en función de lo que nos ofrece que de lo que en realidad recibimos cuando la adquirimos.

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    • Gracias por tu comentario, Andrea. Está claro que el anunciante marca la directriz, y el publicitario presenta el producto de la forma más atractiva posible. Utiliza la persuasión. Es cierto que los cubitos de hielo no soportan la temperatura generada por los focos, ni un helado tampoco. Por eso se utiliza vidrio y harina, respectivamente, a la hora de fotografiarlos. No es engañar, es resolver un problema técnico. Pero sí coincido contigo en las exageraciones de muchas presentaciones,Tampoco las comparto y ni mucho menos considero que sea necesario mentir. La primera y última vez que comí una ensalada en McDonald´s, me sentí totalmente engañado. Salvo unas pequeñas porciones de cebollas, aceitunas y algo más, prácticamente el envase estaba relleno de lechuga. Y también coincido contigo, para vender una pizza existen otras ventajas asociadas a las cualidades del producto, sin necesidad de tener que recurrir al “queso chicle” que se estira. Un recurso que a estas alturas nadie se cree.

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  4. Posted by Manuel on junio 16, 2012 at 3:20 pm

    La fotografía publicitaria de productos alimenticios, es una ilusión, una fantasía como lo es la de otros poductos del mercado. Llega a tu retina un mensaje que responde a tu necesidad de creer que lo que recibes corresponde con lo que te ofrecen. Pero nada más lejos de la realidad. El anunciante deja en manos del publicista la responsabilidad de vender su producto con la mayor efectividad posible y si para eso tiene que exagerarlo de luz y de color. El propietario de la marca no pone reparos en permitir que se distorsione la realidad .Ahí es donde tendría que existir una legislación adecuada que regule y un hábito ciudadano de denuncia y no de pataleo casero y sin efectividad cuando compramos y no recibimos lo que nos prometían desde las bellas fotografías del producto.

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    • Gracias por tu aportación, Manuel. Los recursos psicológicos y la persuasión son alternativas a través de las cuales los publicitarios nos valemos a la hora de presentar un producto concreto. Queremos que destaque frente a su competidor. Generar una atmósfera de luz con colores apropiados es algo perfectamente admisible en la presentación, sin que ello suponga mentir. Otra cosa es tergiversar la realidad de forma consciente para caer en la publicidad engañosa. .Y eso no es admisible. Ahí debería entrar la legislación. Los productos son como las personas, han de cuidar su aspecto y proyectar una imagen ligada a una personalidad, a unas cualidades concretas. Aunque a veces,la realidad sea bien diferente.

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  5. Me parece que engañados nos sentimos casi siempre , aunque la realidad la conocemos casi siempre terminamos adquiriendo el producto, un ejemplo , pues cuando nos ponen una chica con una piel joven para vendernos una crema y el anuncio es para señoras bastante mucho más mayores y esto ocurre en la alimentación en la cosmética y en todo lo que es publicidad ,para captar dinero , creo que todos los ejemplos expuestos aquí, son validos , cada persona lo valora desde su punto de vista y la verdad que soy una desconocida en éste medio, solo hablo como una persona más que va a comprar y le das muchas vueltas a lo que te ofrecen antes de adquirir el producto , porque te sientes engañada.

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    • Gracias por tu comentario, Eloisa. Parece que es una idea generalizada que a través de los mensajes publicitarios no se diga toda la verdad. Existen casos en los que esto sucede y habrá otros en los que no. En Televisión Española una censura previa a la emisión de los spots aceptaba o rechazaba el audio. No podías decir que tu producto era el mejor, Algunos anuncios eran devueltos para que los argumentos fuesen modificados. A veces se echa en falta este filtro que evita la charlatanería.

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