Anuncios y series de TV con “mujeres objeto”

Estamos familiarizados a través de los anuncios con determinados mensajes que se pretenden inculcar al público o, mejor dicho, a determinados públicos previamente seleccionados. Parece que todo lo que suene a publicidad se asocia a cierta manipulación, al objeto de reconducir la forma de pensar del ciudadano hacia donde quiere el anunciante. En cierto modo es lo que se persigue a través de la persuasión. Y la mujer no se ha librado de eso. En muchos anuncios se ha instrumentalizado hasta el punto de denigrarla. Es un hecho. Lo importante es que tenemos que admitir que, sin recurrir a los mensajes publicitarios propios de las grandes campañas,  se puede enmascarar el mensaje. Existe la opción de comunicar a través de un canal ajeno a los utilizados por la  publicidad convencional y lograr que surta el mismo efecto. Un ejemplo de esos canales son las series de televisión.

Si los capítulos de Bones o Anatomía de Grey proyectan la imagen de  mujeres inteligentes, realizadas profesionalmente y con las ideas muy claras, debo entender que existe una audiencia, tanto masculina como femenina, que se identifica con la mentalidad de sus personajes, independientemente de los ingredientes emocionales  que nutren la trama. Y las vicisitudes que se ponen de manifiesto en cada una de las particulares situaciones que viven sus protagonistas. Vamos, el perfil de esas mujeres está a años luz, por ejemplo,  de las  protagonistas de la serie española  Aquí no hay quien viva.

Denis McQuail, el  teórico de la comunicación de masas, establece que los efectos de los mensajes sobre las audiencias pueden hacer reflexionar acerca de su contenido, influir en la forma de pensar  y predisponer  para adoptar una actitud ante el tema tratado. Un niño frente al televisor, que siempre vea a la mujer vinculada a los anuncios de detergentes, pañales y lavadoras, entenderá que ese papel es propio de ese sexo y no del hombre, porque solamente salen ellas. También  una serie de televisión puede ser un poderoso moldeador de opiniones y creencias, al igual que una campaña de tráfico puede concienciar para frenar la siniestralidad en las carreteras. Con la diferencia de que la serie en cuestión no manifiesta abiertamente su efecto concienciador y la acción publicitaria sí.

En Aquí no hay quien viva, debo entender que los guiones responden a los particulares gustos de su audiencia, debidamente investigada a través de los estudios correspondientes. En el capítulo Érase una mudanza, la mujer, además de quedar reflejada como  un puro objeto, es tonta y  está frustrada. Los ejemplos son evidentes. Y la actitud machista y prepotente del resto de personajes evoca el claro proceder de quienes poseen la mentalidad cercana a la educación franquista, con los roles claramente diferenciados para cada sexo. Parece que el mensaje emitido encaja perfectamente con el mensaje percibido. Y es aceptado. De ahí su éxito y permanencia en la programación durante tanto tiempo. El contenido sexuado de las comunicaciones publicitarias y series de televisión es una realidad.

No solo son los anuncios los que pecan de actitudes reprochables por la inadmisible manipulación de la mujer. Nuestra realidad más cercana frente a la pantalla, en nuestro tiempo dedicado al entretenimiento, nos habla de discriminación en algunas programaciones aparentemente inocuas. Y, para bien o para mal, convivimos con estos mensajes. En 1978 en pleno cambio político español, Ricardo Pérez creó una serie de anuncios para  televisión donde dejaba muy claro el papel de la mujer hasta entonces,  involucrando a los hombres a cambiar de actitud ante los roles asumidos por ellas. Es decir, lavar, fregar o cambiar pañales también son tareas para los varones. Los mensajes contaron con la más absoluta desaprobación por parte del entonces ministro de Cultura, Pío Cabanillas. La mujer objeto no solo es la que sitúan al lado del coche en la exposición para llamar la atención sobre el vehículo. El término ha evolucionado hasta hoy, y mientras anuncios y series sigan representando tareas que solo se les atribuye a ellas, las futuras generaciones interpretarán que así debe ser. Que lo normal es eso.

 

Fuentes: http://www.youtube.com/watch?v=_Lo1KoACNfI

La huella de la publicidad. Ricardo Pérez. Almuzara

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2 responses to this post.

  1. Posted by Mónica on agosto 10, 2012 at 1:07 pm

    En mi opinión es interesantísimo el punto de vista que expones en este post, el hecho de considerar la publicidad como verdadero instrumento de transmisión de un modo de pensar, legado hereditario de una época pasada y el modo en que se hace eco de un sentir popular para llevar a las masas a seguir pensando equivocadamente, el hecho de ahondar en un reflejo de modernidad y evolución apoyado siempre por una audiencia mucho más abierta y acorde con los tiempos, y desde luego el alcance educativo que tiene el hecho de seguir tratando determinados asuntos desde una u otra óptica, y el modo de percibir los anuncios o series de televisión de una gran masa que se está formando un estereotipo como es el público infantil, un protagonista activo en el que no siempre se piensa, y tendría tanto que decir si se dispusiera el modo de hacer público su sentir y modo de observar el mundo através de los mensajes que lanza la televisión acerca de cuestiones como las que expones en esta ocasión y que tanto pueden provocar un rechazo natural hacia las tareas consideradas de niñas o de niños, independientemente del tipo de educación que se reciba, pues a veces el tiempo de exposición a un fenómeno como es la TV de un cerebro infantil, es muy superior al tiempo en que sus progenitores dedican a hacer una tarea tan compleja como es la de educar, la de marcar pautas y la de sembrar en un terreno tan fértil como éste, y que derivará en un modo de pensar y actuar futuro o en otro muy distinto.
    Deberíamos abogar por un tipo de publicidad que fuese proactiva y especialmente alentadora de masas hacia objetivos claros y concretos, lejos de los estereotipos pasados y añejos en los que las mujeres son puros objetos sin inteligencia, y educar a nuestros hijos con la idea clara de que hoy las mujeres y los hombres son iguales, en inteligencia, en obligaciones, en deberes y que las tareas domésticas no tienen sexo, y se obtiene un resultado exacto si una lavadora es activada por un hombre o por una mujer, o si un cocido madrileño lo prepara tu madre o tu padre… siempre que sigamos unas pautas claras, el resultado es el esperado. Jamás deberíamos de tener que desactivar mecanismos que fuesen contrarios a nuestro particular modo de educar por ser completamente antagónicos y llegar incluso a poner en peligro los mensajes que nosotros emitimos, especialmente a los más pequeños. Desgraciadamente, siempre ha sido y seguirá siendo así, siempre toparemos con publicidad chocante en el siglo en el que vivimos, siempre nos parecerá que hay modos de pensar pasados de moda y mentalidades retrógadas que han quedado enclavadas en épocas muy lejanas, pese a convivir en nuestro mundo, y desgraciadamente, la publicidad no la hacen solamente los que piensan en futuro, con lo que ello conlleva, por lo que los resultados siempre nos pueden hacer pensar en pasado, aunque no lo deseemos.

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    • Gracias por el comentario, Mónica. Creo que no se puede añadir nada más a tu intervención. Terminas por aclarar todas las dudas que se pueden suscitar. A estas alturas, como bien dices, la publicidad tiene que ser más proactiva y no establecer esas diferencias tan abismales entre el hombre y la mujer, más propias de etapas en las que las que ellas estaban relegadas solo a la atención de la casa y las tareas domésticas. Y mientras tanto, frente al televisor, los niños seguirán asumiendo y absorbiendo estos modelos de conducta que desde hace tiempo tendrían que ser compartidos por ambios sexos.

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