Archive for the ‘Fotografía’ Category

Los efectos secundarios de una fotografía

 

Padre

Probablemente, la fotografía que encabeza este post no la reconozca casi nadie. Pero si les digo que es el padre de Aylan Kurdi, el niño sirio de 2 años que se ahogó con parte de su familia, seguro que se acuerdan. Sucedió en el Mediterráneo cuando huían de la guerra. El cuerpo apareció en una playa turca hace unos meses. Una imagen escalofriante y polémica que dio la vuelta al mundo y avivó las conciencias de una sociedad indiferente o ajena al fenómeno migratorio.

No es la primera vez que una fotografía nos hace reflexionar con la muerte como protagonista. También en el mismo escenario bélico, en Siria, otro niño murió en los brazos de su padre. La pose recordaba a La Piedad de Miguel Ángel y su autor fue el fotógrafo español Manu Brabo. ¿Reaccionó la sociedad ante esta otra polémica imagen? Si lo hizo, las consecuencias no se han notado. La guerra no parece terminar en este país y cada vez se agudiza más.

[…] “Si tratamos de definir una imagen inmersa en la memoria colectiva de un grupo social, por ejemplo una fotografía periodística que documenta un hecho, un suceso y un personaje determinado, nos encontramos ante una amplia gama de posibilidades clasificatorias […] Asumir un criterio para el análisis es el primer peldaño para poder interpretar y ubicar conceptualmente la imagen”. Esta puntualización de Enrique Villaseñor[1] nos lleva a una realidad determinada de la fotografía documental, que el fotógrafo asume o acepta y sus destinatarios también.

Si bien el fotoperiodismo nos da técnicamente la posibilidad de estructurar y clasificar las imágenes por géneros, ¿cómo podemos evaluar la influencia y la repercusión de sus mensajes en la sociedad, que es de lo que se trata? Es decir, que realmente tenga efectos secundarios, para que cumpla con su misión informativa y persuasiva e influya colectivamente en los ciudadanos. Lo que se espera es una reacción ante el problema planteado. En la mayoría de los casos, la realidad es bien distinta. Al padre de Aylan solo le queda el dolor, mientras el resto del mundo pasa una página más sobre la crisis de los refugiados en Europa.

Fuentes:

http://internacional.elpais.com/internacional/2015/09/03/actualidad/1441232434_109669.html

[1] http://www.fotoperiodismo.org/fotografiadocumental.pdf

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Reclamos que matan

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Con El Colegio del Trabajo, Albert Camus, el premio Nobel de Literatura en 1957, emprende un programa de educación de adultos. Se preocupó por un colectivo de ciudadanos argelinos que necesitaban imperiosamente acceder a algo que la sociedad les negaba: la enseñanza. Esta iniciativa solidaria del escritor no podía perseguir otra cosa que devolverles un derecho que le había sido arrebatado a los marginados. Hoy muchos niños recorren diariamente kilómetros a pie para ir al colegio y aprender. La educación es un artículo de lujo, pero quien la posee afronta la vida con mayor seguridad.

La fotografía que ilustra este post es tan absurda como inquietante. Quien porta la mochila no deja de ser un marginado más a quien las circunstancias le han privado de su derecho a aprender. O, por el contrario, ha renegado a él voluntariamente para portar un arma y luchar por su particular causa. Resulta paradójica la cita de Nelson Mandela: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”. Nuestro protagonista en lugar de llevar libros y material escolar, carga con dos granadas de mortero en los bolsillos laterales, y su particular forma de cambiar el mundo empieza y termina con un fusil.

Los componentes irracionales de la personalidad humana y los mecanismos psicológicos desvelan aspectos desconocidos del individuo, Freud lo demostró. El subconsciente es así. Quién sabe si esta perturbadora imagen  y su elocuente reclamo Let’s go to school no lleve implícito un mensaje subliminal. Una cita con la muerte. A Eric Harris y Dylan Klebold, los adolescentes que provocaron la matanza en la Escuela de Secundaria de Columbine, en Los Estados Unidos, la fotografía les habría despertado morbosidad.  Un aliciente, una motivación para ir armados a clase, asesinar, y ganarse unos macabros renglones en las páginas de la historia del sinsentido.

 

Autor : Yousuf  Karsh

Fuente: http://fotografiablanconegro.blogspot.com.es/2011/02/historia-de-la-fotografia.html

Retrato de una vida vacía

The Outskirts of Guatemala City, Guatemala,  1978

Esta fotografía me sedujo. La vista se me fue rápidamente al rostro de la mujer. Me atrajo como un imán. No sé si se debió al punctum* que citan los teóricos  o a uno de ellos – porque hay más de uno – pero a mí me da igual. El margen derecho de la imagen parece un lienzo, una representación de la desesperanza con su marco incluido. De autor anónimo, probablemente, pero todos sabemos que el artífice de esta realidad social está en algún despacho haciendo grandes esfuerzos por asfaltar caminos, crear escuelas y mejorar las condiciones de vida de sus congéneres. Y en el intento lleva toda su carrera política. ¡Menuda hipocresía! Este político ha creado su gran obra, ha plasmado magistralmente la resignación. Una porción de mísera realidad que se expone primero a los ojos del fotógrafo y, después,  a los nuestros. Y cada uno ve lo que quiere ver. Una ventana cargada de amargura o un momento de la existencia del ser humano en el que no hay ningún espacio para  las sonrisas. Hace tiempo que desaparecieron y ya es demasiado tarde para cambiar el destino.

Y al otro lado, como si de una imagen adosada se tratara, una sonrisa muy viva está a punto de escapar. Y lo hace por una esquina. Rápidamente, al margen de la tristeza que se respira desde la ventana. Las manzanas caramelizadas meten prisa. Los niños siempre serán niños, aunque muchos crecen antes de tiempo asumiendo desde los 8 o 9 años unas responsabilidades que son propias de adultos. Trabajan en lugar de aprender o aprenden a trabajar, según se mire. Y se hacen mayores en sus pequeños cuerpos y sus ilusiones envejecen rápidamente. Y entonces cuando menos lo esperan se darán cuenta de que también están a un paso de la resignación. Y ya será tarde porque el ciclo no se detiene. Ojalá que el rostro de esta niña no sea una imagen más que protagonice otro retrato de una vida vacía.

(*) “El punctum es cuando nuestros ojos no miran apaciblemente la realidad de la fotogrqfía sino que logran ver su desdoblamiento. Aquella otra presencia que habita en ellas”. Roland Barthes.

Origen de la imagen: http://fotojournalismus.tumblr.com/post/19072293768/guatemala-1978-credit-sebastiao-salgado

Autor: Sebastiao Salgado

 

La Piedad de Manu Brabo

 

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Miguel Ángel extrajo el dolor de las entrañas de la piedra y lo inmortalizó. Dio vida a una madre que sufría por la muerte de su hijo. Nos familiarizamos con el destino de los hombres, con la impotencia ante las injusticias y la barbarie. Y nos resignamos. La historia de la humanidad ha dado grandes muestras de ello en todos los continentes. El horror forma parte de nuestras conciencias porque estamos vinculados a él. Lo asumimos. Es algo consustancial a la vida y a la muerte o, mejor dicho, a la particular  forma de morir, sobre todo si se trata de inocentes.

Las decisiones que se toman en los despachos, a cientos de kilómetros de las zonas en conflicto,  son las que accionan los detonadores de las bombas y propician las ráfagas de ametralladoras. La guerra que vivió Goya no es diferente a la que presenció Manu Brabo. Cambian los medios y las armas, pero el odio y el horror son los mismos porque el proceder del ser humano se repite. Parece que el fotoperiodismo y los Pulitzer tienen que recordarnos que somos afortunados por mantenernos al margen de los conflictos y ser partícipes de ellos solo a través de las noticias, los reconocimientos y los premios.

En El mito de Sísifo, Albert Camus habla del castigo de los dioses. De la  condena del hombre a empujar eternamente  una roca hasta lo alto de una montaña y dejarla caer para subirla hasta la cima y que ruede nuevamente. Una y otra vez.  El dolor que genera la guerra es exactamente igual. Un ciclo que no acaba nunca, a pesar de lo absurdo, porque el hombre no quiere aprender de sus errores o no le conviene hacerlo.

La fotografía de Manu Brabo es otro gran error de la humanidad. Una vez más un notario de la instantánea deja constancia del sufrimiento y la amargura de un pueblo. Y un padre con su hijo en brazos, que quizá desconozca quién fue el genio del Renacimiento, le recuerde al mundo que a través de su particular piedad, el horror siempre será noticia.

 

Origen de la imagen: http://www.eldiario.es/internacional/Manu-Brabo-Pulitzer-cobertura-Siria_12_122607740.html

Autor: Manu Brabo

Poema en blanco y negro

 

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Para la escritora Marguerite Yourcenar el tiempo es una vía para la  indagación. “No hay pasado ni futuro, tan solo una serie de presentes sucesivos”, decía. Y no debe ser fácil tratar de tomar conciencia acerca de la complejidad de la naturaleza humana, cuando conocerse a sí mismo ya supone todo un reto. La fotografía es una búsqueda, pienso yo. Quizá un itinerario que  nos predisponga a descubrir aquella forma que desvele esa complejidad que caracteriza al ser humano. Y con ello nos dé la oportunidad de saber más para  alcanzar nuestro equilibrio existencial.

 En la fotografía de Toni Frissell no hay pasado ni futuro. El tiempo se detiene. Las sensaciones se suceden. Una forma sinuosa suspendida en un limbo en blanco y negro donde la luz es una invitada que aviva el ser. La gravedad solo es un pensamiento vacío, una realidad desconcertante que está ausente en la imagen.

 No hay pasado en la roca, ni el rostro roza el  futuro. El cuerpo solo es una ilusión. La ilusión de quien creó esa instantánea mágica y evocadora. Pura incertidumbre que levita arropada por el silencio. Arropada por la eternidad.

 Origen de la imagen: http://sensacionvintage.blogspot.com.es/2010/09/de-vanguardia-las-fotos-de-toni.html

Autora: Toni Frissell

Brindar con agua canela

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En algún lugar leí que un baobab, el característico árbol africano, fue arrancado por los dioses y enterrado al revés como castigo al hombre. Esa particular forma de su copa recuerda unas raíces, de ahí la leyenda. En un documental sobre comunidades africanas dedicaron un capítulo a una familia que dependía de uno de estos árboles para vivir. El padre recorría kilómetros desde su aldea acompañado de su hijo para recoger agua. El interior del tronco era hueco y lo convirtieron en un aljibe. Había que trepar unos metros utilizando una rudimentaria  escalera y a través de una pequeña abertura se introducía un cubo que sostenían con una cuerda. Y como si de un pozo se tratara se turnaban y extraían el agua. El árbol era vital para la familia. Y a pesar de ser muy turbia la bebían felices. De regreso a casa sus rostros lo manifestaban.

Un amigo muy conocedor de las costumbres africanas en una ocasión presenció una danza ritual en un poblado. Una anciana sostenía sobre sus brazos el cadáver de su nieto. A pesar del intenso dolor se movía sin perder el ritmo y su rostro no vertió ninguna lágrima. Se mantenía en pie con una gran entereza. Cuando vi esta  fotografía de Sebastiao Salgado este recuerdo que guardo desde hace años afloró.

La posición de las manos, la expresividad de los dedos y el juego de luces son extraordinariamente elocuentes. Canalizan y dirigen toda la atención hacia su rostro. Como todos los ancianos esta mujer seguro que es un crisol  de sabiduría y experiencia, porque ha vivido lo suficiente para atesorar un conocimiento que no se aprende en los libros. Que solo puede ser transmitido mediante la palabra y que cuando muera se irá con ella. La amargura y desolación de su cara, a pesar de ser un síntoma de sufrimiento, probablemente sea la exteriorización de los sucesos de la vida que le tocó vivir sin momentos de felicidad. Algo a lo que están acostumbradas las Hermanas de la Caridad en los suburbios de Calcuta, por ejemplo, muy familiarizadas con la pobreza y el sufrimiento.

Y hoy, en este primer día del año, que tire la primera piedra el que admita ser feliz si tuviera que ir al baobab a buscar agua canela*, a soportar con entereza un revés de la vida sin rechistar o a disfrutar de las cosas sencillas sin los excesos del cava y el turrón. Esta foto es admirable y su mensaje lo es aún más.

(*) Del color de la cáscara de la castaña, según el Diccionario ejemplificado de canarismos, del Instituto de Estudios Canarios.

Origen de la imagen: http://www.praxisenamericalatina.org/7-11/pics/photos7.jpg

Autor: Sebastiao Salgado

Los pasos perdidos de los inocentes

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Si la cara es el espejo del alma, no sé de qué pueden ser reflejo estos pies. Lo serán de una sociedad desarraigada que discrimina, protege al que más tiene y oprime al marginado. No es nada nuevo. Víctor Jara lo llevó a las letras de sus canciones y así le fue. Sebastiao Salgado lo lleva a una  fotografía y así le va. Plasma la pura y tosca  realidad para reflexión de los incivilizados occidentales. Sí, los que podemos hacer tres comidas al día sin preocupaciones. Y al contemplar la imagen nos deprimimos el tiempo justo, porque nos esperan otros quehaceres. Ya se ocuparán de ellos los misioneros. Los que no ridiculiza Wyoming en su programa, porque para eso ya tiene a Benedicto XVI.   La fotografía es de una aspereza inusual. El blanco y negro es tan corrosivo como las vidas de sus protagonistas. Te corta el aliento solo con mirarla. Y la herida no es de las que cicatrizan fácilmente. No sé cuáles han sido los caminos andados y los desandados, pero es como si miraras el retrato de Dorian Gray o, mejor dicho, sus pies.

Creo que el camino del poema de Antonio Machado habría transcurrido por ciénagas, minas de carbón o los basureros de Calcuta si se hubiese inspirado contemplando esta triste instantánea. Si el camino se hace al andar será por castigo. Abriendo pistas y cargando sacos de piedras. Errar sin edad para razonar y sin rumbo alguno. Qué crueldad. Cada dedo es el notario de una vida mísera. El fragmento de una precaria existencia. Un pasaporte hacia la explotación y el olvido. Si tuviera que ponerle música elegiría el misticismo de Lisa Gerrard. Pura poesía que brota  desde el rincón más periférico del alma. Un alma que gime desterrada del cuerpo. A la fuerza. Un destierro al sol como si estuviera entre dunas y aulagas majoreras. Lo mismo que vivió  Miguel de Unamuno.

Solo el fotógrafo sabe si los párpados, las mejillas y los labios ocultos hacen juego con las cicatrices cubiertas por las costras hediondas. Se acaba un año. Se va un fragmento más de existencia. Si miramos nuestros pies veremos solo los zapatos, pero ni rastro de los pasos. Están repartidos entre mundanos trayectos. Vacíos, como muchos proyectos de vida. Y nadie tendrá interés por saber qué fue de los pasos perdidos de tantos inocentes que no aparecen en las fotografías. Un año más el cava y las uvas eclipsarán todo lo trascendente.

Origen de la imagen: http://eldiapason.wordpress.com/2009/10/09/sebastiao-salgado-el-hombre-que-inmortaliza-olvidos/

Autor:  Sebastiao Salgado